Nanga Parbat, Pakistan
 

Islamabad, 12:30 horas, 48 grados centígrados la temperatura local. Es el ambiente que nos recibe a nuestro arribo. Una ciudad construida para ser la capital política de Pakistán. Lo que ayer parecía una quimera, hoy es realidad.

Allí nos esperan Francisco Muñoz y Mike Soldner, quienes ya llevan una semana en la ciudad donde se yergue la Mezquita del Rey Faisál. La finalidad es chequear la carga para poder reaccionar desde Santiago ante la eventual pérdida de equipo o algún inconveniente de última hora, como también agilizar los trámites burocráticos para acortar nuestra estadía en la ciudad.

En menos de 24 horas, abordamos una micro con aire acondicionado que nos transporta desde una ciudad congestionada con el multitudinario tránsito de autos, motos y camiones enchulados a la usanza local cuyas bocinas no dejan de sonar. En un par de horas nos encontramos en la Karakorum Highway (los paquistaníes le llaman la octava maravilla del mundo), que se eleva por el valle del río Indus. Besham y luego Chilas son nuestras paradas, antes de abordar un jeep al que le han quitado amortiguadores y cualquier detalle que impida cargar estos 4x4 hasta con diez personas y sus respectivas mochilas. El conductor nos guía hasta la entrada del Valle Diamir como si estuviera conduciendo en una autopista de alta velocidad. Es impresionante ver desde lo lejos, la pirámide somital del Nanga Parbat, nuestro objetivo, a sólo 30 kilómetros del inicio del valle y 7.000 metros más arriba. Aquí comenzamos nuestra marcha rumbo al campo base de la Montaña Desnuda, traducción del nombre Nanga Parbat en urdu, la lengua oficial que habla una minoría.

Medio Siglo de Ascensiones

La rica historia de esta montaña puede ser recordada por su relación con el libro Siete Años en el Tibet (también llevado al cine), que cuenta la historia del alpinista austriaco Heinrich Harrer. Los alemanes la conocen con el apocalíptico nombre Montaña del Destino, ya que en el intento de escalarla durante los años ‘30, en pleno período nazi, murió la flor de loto del alpinismo alemán (más de 30 escaladores y porteadores).

La trágica historia de esta montaña había comenzado en 1895, con la muerte del célebre escalador inglés Alfred Mummery, en el primer intento de escalar un ochomil de que se tenga memoria. Continúa en 1953 con el primer ascenso de la montaña por la cara norte o Rakhiot, por uno de los más grandes montañistas de la historia, el austriaco Hermann Buhl. Un ascenso en solitario desde los 6.900 metros, recordado como una de las más grandes hazañas del montañismo.

En 1962 se realiza la segunda ascensión, esta vez por la vertiente Diamir, por Toni Kinshofer, Siegi Löw (quien se despeña en el descenso) y Anderl Mannhardt. Luego en 1970, la tercera escalada del Nanga se realiza por la pared más alta del mundo, la vertiente Rupal, con 4.500 metros de desnivel. También al mando del doctor Herrligkoffer (al igual que las expediciones del ‘53 y el ‘62), en días consecutivos la pared es escalada por los hermanos Günther y Reinhold Messner y por Felix Kuen y Peter Scholz.

En este punto comienza a escribirse otra página de la historia del himalayismo. Una vez alcanzada la cumbre, Reinhold Messner decide descender por la cara Diamir, pues considera que su hermano no posee fuerzas suficientes para descender por la ruta de ascenso. Faltando poco para alcanzar la morrena del Diamir, Reinhold afirma que una avalancha sepulta a Günther. Su hermano lo busca hasta el límite de sus fuerzas. Finalmente, es auxiliado por un pastor local cuando alcanza el valle, quien le salva la vida.

Esta historia la revivimos el primer día en nuestro propio Campo Base. Mientras hojeamos el libro de Messner, La Montaña Desnuda, nuestro oficial de enlace se acerca interesado. Un par de años atrás (35 años después de la tragedia de Messner), un pastor descubría los restos de un escalador en una caminata por la morrena Diamir. Se trataba de Günther Messner, que por años había llevado a su hermano Reinhold al Valle en una infructuosa búsqueda. Pero, ¿qué tiene que ver esta historia con la curiosidad de nuestro oficial de enlace? Pues resultó ser él quien encontró el cuerpo de Günther en la morrena y la persona que busca en el libro para mostrarnos, es su padre. Así es. Ayer fue su padre quien salvó a Reinhold y hace algunos años fue él quien encontró a su hermano Günther.

Montando el Base

Una vez instalados en el Campamento Base (8 de junio), una meseta verde, florida y habitada por innumerables marmotas, nos damos cuenta que desde ahí dominamos la cara Diamir y nuestra ruta de ascenso en toda su extensión. 4.000 metros de desnivel nos separan de la cumbre, mucho más que en el propio Everest.

Carlos Bascou, jefe de nuestra expedición, realiza los primeros contactos con Marcelo Grifferos, quien desde Santiago centralizará las comunicaciones con nuestras familias. Puede resultar duro para quien lee este relato, pero la concentración nos llevó a tomar esta medida que busca evitar dobles lecturas en los comunicados hacia el hogar. Voz fuerte, enojo; voz cansada, posibles problemas; voz alegre, no me necesitan. La mente interpreta lo que quiere. Así que decidimos hacer lo mismo que en el Makalu en 2001.

Por su parte, Francisco Larraín, médico de la expedición, tiene bastante trabajo. En su intento por contener una diarrea galopante en la expedición, opta por aconsejar en cuanto a las medidas de aseo y manipulación de los alimentos, sobre todo a nuestros cocineros.

Comienza la Escalada

Nuestra primera incursión hacia el Campo 1 no trae mayores sobresaltos. Aún hay demasiada nieve y los puentes sobre las grietas de la morrena resisten estoicos nuestro constante tránsito. Cada vez que nos aproximamos al C1, vemos el Canalón Kinshofer que nos invita a subir.

Ha pasado una semana y el acopio de cuerda y equipo nos permite dormir en este primer campamento de altura ubicado al pie del Canalón (4.950 m). Se establecen cordadas de manera que Huidobro y yo equipamos alternando con Echeverría-Soldner, y el resto del equipo portea cuerdas y material de escalada.

De madrugada iniciamos el ascenso por el Canalón, con el fin de protegernos ante eventuales avalanchas provenientes de una pala de nieve entre el C2 y el C3. El primer tercio tiene una pendiente promedio de 45 grados, con nieve de buena calidad que cerca del mediodía se ablanda al punto de enterrarnos hasta las rodillas. Utilizamos estacas de nieve y clavos para fijar cuerdas que buscan proteger más que nada la bajada.

Tras duros días de trabajo, hemos alcanzado la peligrosa travesía que nos conduce desde la parte alta del canalón a la base del Muro Kinshofer, un paredón rocoso de aproximadamente 150 metros a casi 6.000 metros de altitud.

No Estamos Solos

Al descender nos encontramos con más escaladores. Se trata de una expedición bielorrusa que intentaría la misma ruta. Vemos también una nueva Estrella Solitaria flameando en el Base, la de nuestros compatriotas de la USACH, que retrasaron su arribo por diversos problemas.

Descansamos y comentamos lo visto en la ruta, les ofrecemos usar nuestras cuerdas y solicitamos colaboración en forma de más cuerdas para continuar equipando hacia el C3, colaboración que en el caso de los bielorrusos nunca llegaría. Además, se establece un acuerdo para que el último equipo sea quien retire toda la cuerda que hemos puesto y que habremos de poner de ahora en adelante.

24 de junio, 1:00 de la mañana. Iniciamos junto a Mike el ascenso desde el C1 hasta el Muro Kinshofer. Según nuestro plan, deberíamos equipar la ruta y asegurar el camino al C2. Al rato salen Carlos, Rodrigo, Cristián, Pablo y los Panchos [Larraín y Muñoz]. Llevan carpas, comida, equipo y cuerdas para continuar hacia el C3. A las 6:00 de la mañana llegamos a la base del Muro e iniciamos el ascenso. El primer largo presenta una canaleta de hielo con una pendiente de 60 grados, para luego conectar con una zona de roca descompuesta y que se encuentra ataviada con cuerdas viejas y escaleras destruidas por el paso del tiempo y las rocas que caen constantemente. El segundo largo lo hacemos en un diedro con roca de buena calidad, buenos agarres y una pendiente positiva. El último largo presenta la mayor dificultad, ya que consiste en una chimenea con hielo, lo que obliga realizar una escalada en una roca con regletas muy pequeñas. Finalmente se llega a una pala de nieve-hielo que nos deja en un filo muy expuesto donde emplazaremos las carpas de nuestro segundo campamento (6.100 m).

Al descender vemos cómo siguen llegando más escaladores al Campamento Base. Una cordada francesa de dos guías de ski de Chamonix pretende bajar el Nanga Parbat esquiando. Uno de ellos ya ha esquiado algunos ochomiles. Junto a ellos, una cordada eslovaco-polaca intentaría el cerro en estilo alpino, como “aclimatación” para intentar luego una nueva ruta en el K2. Por último, un español con una polaca y otros dos eslovacos intentarían la cima en los días siguientes.

Hacia el Último Campamento

Han pasado los días en el Valle Diamir. Llega julio y se aproxima el Monzón. Los esfuerzos en la montaña son cada vez mayores. A pesar que venimos bajando luego de cinco agotadores días equipando desde el C2 hacia el C3, tras sólo dos días de descanso optamos por volver a subir y trabajar sin cesar hasta terminar de montar el C3, a 6.830 metros. En un último envión, fijaríamos las cuerdas que nos conducirían hasta el ansiado y lejano C4 a 7.140 metros, desde donde podríamos realizar nuestro intento de cumbre.

No hemos dormido más de cuatro horas al día. Las tareas se hacen más costosas en términos energéticos y el desgaste se deja sentir. Francisco Larraín, en su calidad de médico de la expedición, decide quedarse en el Base después de trabajar en el C3. Francisco Muñoz, quien ha debido extraer hasta una muela en el Base, continúa con el seguimiento de cada fósforo que se mueve entre los campamentos e informa día a día lo ocurrido para tranquilidad de las familias. Por las noches escuchamos la lectura de los mensajes que llegan por el ciberespacio del blog. Carlos Bascou, el “jefe”, también ha pagado caro el esfuerzo y decide permanecer en el Base y reponer fuerzas. Lo necesitaremos cuando desmantelemos la montaña.

Para la parte final queda el entusiasmo de Mike, el análisis de Pablo Gutiérrez, encargado de registrar la expedición en video, el empuje de Rodrigo Echeverría, la fuerza de Cristián García-Huidobro y la fe del que escribe estas líneas.

Sábado 14. Escuchamos por la radio una voz de alerta. Jaime Cartagena muestra síntomas de mal agudo de montaña. Para evitar un riesgo mayor, es preciso su descenso. Desde el CB salen a su encuentro los Panchos y Carlos. En el C2 Adolfo Dell´Orto ha tomado la decisión de bajar junto a Jaime y apoyarlo en el descenso. Para Adolfo nuestros respetos por el compañerismo demostrado. Ya vendrán nuevos desafíos. Lo cierto es que cordadas como él son las que siempre quisiéramos tener. 

El domingo 15 de julio salimos decididos a terminar el camino al C4. Mike debe descender a buscar las cuerdas que Luís Álvarez nos ofrece. El esfuerzo es enorme. En tanto, Huidobro y yo continuamos equipando con el material que nos queda. Van más de 12 horas de trabajo ininterrumpido, el viento aumenta, pequeñas avalanchas barren las huellas que hemos trazado. Al final del día, nos encontramos los cinco en el C3. Pablo y Rodrigo bajaron hasta el C2 para traer más comida y gas. Por mi parte, me afecta una hipotermia que con ayuda de Cristián y Mike logro superar. Este mismo día la cordada eslovaco-polaca alcanza la cima, con mal clima pero sin novedades que lamentar.

El día que sigue montamos el C4. Los cinco llevamos comida para aguantar un par de días si es preciso. Finalmente el ataque a la cumbre lo haremos el miércoles 18.

El martes amanece calmo, pero se observan vientos de 150 kilómetros en la cima, algo que no estaba en los pronósticos y que nos trae una nueva preocupación. Aún así nos desplazamos al C4. Antes de dormir, desde el Base nos aconsejan no colocar alarmas, ellos no dormirán con el fin de asegurar nuestro sueño y hora de levantada. El toque de diana se programa para las 8:00 de la noche. Será un ataque nocturno para acceder a la cumbre temprano por la mañana.

We Are the Champions

Duermo profundamente. De pronto escucho música muy lejos. A medida que despierto reconozco el tema que suena en algún lugar del campamento. La música continúa, no hay duda, es un tema de Queen: “…wee-are-the chaampions…” “Campo Base Nanga Parbat inicia sus transmisiones…” “Huidobro, ¿escuchas ?”, pregunto. “Sí, ¿qué pasa?” “¡Es la voz de Carlos!” Son nuestros compañeros que desde el CB gritan como orates. Se escuchan voces de ánimo: “¡Vamos Chile! Hoy es nuestra oportunidad, el pronóstico dice que no tendrán viento, muy poca nubosidad… ¡Vamos que se puede!”, se escucha por las radios que se encontraban encendidas esperando la hora de salida.

Nos vestimos convencidos de que depende de nosotros hacer llegar la Estrella Solitaria hasta lo alto del Nanga Parbat. Han sido meses de arduo trabajo y entrega sin intereses personales. Hoy es Chile quien puede ganar. Salimos dispuestos a dar lo mejor de cada uno.

Después de una hora de camino sólo con la luz de nuestras linternas frontales, llegamos hasta el campamento que ha emplazado la cordada de la USACH. Hemos ido alternando la apertura de la huella, con Cristián imponiendo el ritmo. Desde el Base nos confirman que ven nuestras luces. Dos horas han pasado desde que salimos y Mike se siente adolorido del estomago. Después de intentar seguir en esas condiciones, nos dice que no continuará. Rodrigo desde el C3 confirma que no es necesario subir en apoyo de Mike. Minutos más tarde, es Fernando quien toma la misma decisión y regresan hasta el C4 sin novedad.

Al amanecer es Cristián quien presenta un fuerte dolor abdominal. El accidente sufrido semanas atrás – un golpe en el rostro producto de una caída – lo obliga a tomar medicamentos que le provocan una gastritis. Rumbo a la cima los dolores aumentan por lo cual Pablo saca el anafre y la olla para hidratarse y comer.

¡Ceacheí!

La historia cuenta que al final del día, cinco corazones chilenos gritaron al unísono el “ceacheí”, que parte en el base con Alex Cattan, Jaime Cartagena, Adolfo Dell´Orto, Francisco Muñoz, Francisco Larraín y Carlos Bascou, continúa con Rodrigo Echeverría en el C3 y Mike Soldner y Fernando Millar en el C4. Luís Álvarez, Ernesto Olivares, Andrés Jorquera, Pablo Gutiérrez y Cristián García Huidobro han tenido el privilegio de inscribir sus nombres en un nuevo ochomil para Chile. Es justo reconocer que nada hubieran conseguido si no contaran con un equipo que apoyó desde Chile, con familias comprometidas en este logro, que nos señalan el camino a seguir.

Agradezco a Dios por su protección. Nunca antes había sentido tan presente su poder. Aquellos días en que la fe flaqueaba, en que el clima nos cerraba la puerta y las fuerzas parecían desaparecer, ahí es cuando ruegas que Dios te dé una mano. Finalmente nos protegió en el descenso y como bien escribió Adolfo, fuimos protagonistas de la historia más bella del Nanga Parbat. Todas las expediciones colocaron al menos a un escalador, entre ellos una mujer.

Gracias a quienes nos apoyaron, a quienes escribieron y nos dieron ese último aliento para llegar a la cima de la Montaña Desnuda, a nuestras familias y a Dios.

Será hasta un próximo sueño que demande lo mejor de cada uno.

Por Ernesto Olivares

 
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